Pensar es gratis, pero si me faltara no sabría cuánto dar por tener esa facultad. Pensar como intento hacerlo, va más allá de lo necesario para vivir y hacer funcionar mi cuerpo. A mi, el pensar va dirigido a la salud mental y como consecuencia de ello a toda mi vida integral.

Meditar, reflexionar, idear, y todos los sinónimos me traen al músculo de la cabeza la imagen de Jesús orando en la soledad del silencio. Ese silencio motivante y no distrayente. Aquel que todos deberíamos de cultivar, pero que ignoramos por la cultura de la basura, en donde vemos y hacemos lo que nos digan qué hacer.
Sin embargo, soy un convencido de que echarle la culpa a otros no es válido, cuando por cuenta propia somos los principales responsables de dirigir nuestro destino.
Cosas como por ejemplo: “Ese es mi destino”, son falacias tremendas. Suponer que conocer el destino lo mantendrá inalterable aún después del descubrimiento(otra cosa ridícula), es ya bastante iluso.

Pienso que el destino cambia por asuntos de diversa magnitud e importancia. El decir sueltamente “es mi destino”, ya lo está cambiando. Indudablemente. Pero entrar al tema de cómo es posible conocer nuestro destino, no me interesa meditarlo a grandes rasgos, si no más bien entender que el destino se forja por nuestras acciones. Leer este escrito a futuro puede que me ayude a tener una opinión de mi frente a otros, que podrían cambiar el “supuesto” destino que tenía antes de hacerlo.

Me aburrió el tema del destino, pero me interesa para más adelante.

Mi personalidad: Tan desconocida e inexplorada como Plutón.

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